Todo comenzó con una pregunta sencilla: ¿qué videojuego te gustaría crear? Las respuestas llegaron en forma de personajes, aventuras, desafíos y mundos imaginarios. Lo que quizá empezó como una conversación entre niños terminó convirtiéndose en videojuegos reales, creados a partir de sus propias ideas.
El diseño surgió en la Facultad de Arte, Diseño y Comunicación Audiovisual; mientras que la tecnología la implementó la Facultad de Ingeniería en Electricidad y Computación (FIEC) de la ESPOL. Y tras de ello la imaginación de 20 niños y el conocimiento de docentes y estudiantes que los acompañaron a descubrir que ellos también pueden ser creadores de tecnología.
Los protagonistas de esta historia fueron niños de entre 9 y 10 años de la Unidad Educativa Fiscomisional Hermano Francisco Gárate “Fe y Alegría”, quienes participaron en un proceso de nueve talleres para aprender, paso a paso, cómo nace un videojuego. El proyecto fue dirigido por Rodrigo Saraguro, docente de Computación. El fue quien estuvo al frente de esta iniciativa que acercó a los más pequeños al desarrollo tecnológico de una manera práctica, creativa y divertida.
A su lado estuvo Erik Lavid, tutor del proyecto, acompañando de cerca a los niños durante todo el proceso. Junto a él, estudiantes de la carrera de Computación de la Facultad de Ingeniería en Electricidad y Computación asumieron el reto de convertirse en guías de los participantes. Fueron ellos quienes ayudaron a transformar las ideas en personajes, escenarios, objetivos y reglas; pero, sobre todo, quienes estuvieron allí para responder preguntas, celebrar cada avance y acompañar también esos pequeños momentos en los que algo no salía como esperaban.
La Inteligencia Artificial fue una de las herramientas que hizo posible que esas ideas cobraran vida. A través de plataformas como Rosebud.ai, los niños experimentaron con instrucciones y descubrieron cómo una idea escrita podía convertirse en parte de un videojuego. Algunos proyectos incluso incorporaron mensajes relacionados con el cuidado del ambiente. Así, mientras aprendían sobre tecnología, también encontraban una nueva manera de expresar lo que piensan y lo que les importa.
En casa, la experiencia también hizo de las suyas. Sus padres y representantes, todos muy orgullosos y complacidos, fueron testigos de cómo sus hijos regresaban con entusiasmo para contar qué habían creado, qué personaje habían diseñado o qué nuevo desafío habían logrado superar. Para las familias, uno de los mayores regalos fue verlos ganar confianza y descubrir habilidades que quizá no sabían que tenían. Más que aprender una herramienta, los niños estaban aprendiendo algo todavía más importante: que sus ideas tienen valor y que pueden convertirlas en algo concreto.
El momento más especial llegó cuando los niños visitaron la ESPOL y presentaron sus videojuegos. Con algo de nerviosismo, cargados de sonrisas llegaron a las aulas y laboratorios de la FIEC. Allí, frente a sus creaciones, pudieron ver el resultado de todo lo aprendido durante los talleres. Para la Facultad de Ingeniería en Electricidad y Computación esta experiencia representa mucho más que un proyecto de tecnología: es el resultado del trabajo conjunto de su comunidad, de docentes como Rodrigo Saraguro y Erik Lavid, de los estudiantes de Computación que compartieron su conocimiento y de una institución educativa que abrió sus puertas para que los niños pudieran soñar en grande.
"Porque quizás hoy crearon su primer videojuego, pero mañana alguno de ellos podría regresar a la FIEC para crear la tecnología que transforme el futuro", dijo Lavid, a tiempo que resaltó que este tipo de proyectos con la comunidad, especialmente la infantil, no termina allí.
Ésta, dijo Saraguro, es una de las actividades que terminó. "Vienen más y con la misma intención a llevar su conocimiento con la comunidad que lo necesite".